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Joaquín ‘El Chapo’ Guzmán se enfrenta a una cadena perpetua en Estados Unidos
mientras su socio, Ismael ‘El Mayo’ Zambada, nunca ha pisado la cárcel.
Familias, traiciones, guerras y connivencia con las autoridades. ¿Quién
controla el cartel de Sinaloa?
El
Baúl de Solís.-El juicio a Joaquín Guzmán Loera en Nueva York resultó a
veces tan revelador como una comisión de la verdad, otras poco verosímil como
un talk show latinoamericano. Una de las interrogantes que sembró
este proceso judicial es la de que el famoso criminal apodado El Chapo no es en
realidad quien ha movido los hilos del narcotráfico todos estos años. Que el
poder detrás del trono ha sido siempre su socio y compadre Ismael Zambada García, un capo de bajo perfil conocido como El Mayo, quien lleva medio siglo dedicado al tráfico de
drogas ilegales sin haber pisado nunca una cárcel.
¿Por qué un hombre de más de
setenta años de edad nacido en Sinaloa fue señalado una y otra vez por la
defensa del Chapo como el auténtico jefe de jefes de la mafia?
Para intentar responder esta
pregunta hay que regresar a finales de los setenta, cuando todavía funcionaba
el monopolio del poder presidencial en el México del PRI. En el siglo pasado un solo partido gobernaba el país como
una gran familia que invocaba la revolución de Pancho Villa y de Emiliano
Zapata para imponer cada seis años al presidente en turno. Por ese entonces, al
mundo del narco también lo dominaba una sola organización: el cartel de Sinaloa
Los líderes del cartel de
Guadalajara en los años setenta y ochenta cuyo monopolio se rompió a raíz de su
implicación en el asesinato del agente de la DEA Enrique Kiki Camarena: 1.
Miguel Ángel Félix Gallardo, Jefe de jefes. 2. Ernesto Fonseca, Don
Neto. 3. Rafael Caro Quintero, Narco de narcos. ILUSTRACIÓN: FERNANDO
HERNÁNDEZ
Es verdad que antes hubo
traficantes famosos como Rodolfo Valdez, El Gitano, y Pedro Avilés, León
de la Sierra, pero fue Miguel Ángel Félix Gallardo, El Jefe de Jefes, el
primer líder que administró como una empresa esta actividad ilegal. Fue Félix
Gallardo quien dejó atrás la idea de que quienes dirigían el negocio en el
noroeste mexicano eran miembros de una plutocracia regional caricaturizada en
el imaginario popular por sus botas y sombrero vaqueros.
Todo iba más o menos bien
para el primer capo del cartel de Sinaloa hasta que el asesinato del agente de la DEA Enrique Camarenase volvió un
arma de presión para que el Gobierno de Estados Unidos reforzara su cruzada
contra las drogas y, de paso, la que sostenía contra el régimen de partido
único que prevalecía en México.
Así fue como acabaron siendo
detenidos los principales operadores de Félix Gallardo: Rafael Caro Quintero y Ernesto Fonseca, convertidos después en los chivos expiatorios
que requería el crimen del agente estadounidense, apodado Kiki, en el cual no
se ha precisado la participación que tuvo otra agencia americana que por esos
años operaba de manera intensa en territorio mexicano: la CIA.
Debido a la misma presión, en 1989 Félix Gallardo también fue detenido.
Con ello concluía el modelo
de cartel único con el que se inició la industria del narcotráfico en el país.
Tras la captura de Félix
Gallardo, el Gobierno mexicano divulgó la idea de que el capo nacido en
Culiacán, ya en prisión, había organizado una reunión con sus principales
allegados, puros traficantes
sinaloenses, a fin de asignarles a cada uno el lugar del país en el que
trabajarían de ese momento en adelante. Según la versión esparcida, el
histórico reparto habría sido a grandes rasgos el siguiente:
1.
Tijuana, Baja California: Familia
Arellano Félix.
2. Tecate,
Baja California: Joaquín Guzmán Loera, El Chapo.
3. San
Luis Río Colorado, Sonora: Luis Héctor Palma, El Güero.
4 y
5. Nogales y Hermosillo, Sonora: Emilio Quintero Payán.
6. Ciudad
Juárez: Familia Carrillo Fuentes.
7. Sinaloa: Ismael
Zambada García, El Mayo.
Durante años esta fue
considerada la “génesis” a partir de la cual el cartel de Sinaloa se dividió en
células organizadas en diferentes lugares llamados “plazas”, según la jerga del
narco. Sin embargo, cuando entrevisté al propio Félix Gallardo para mi libro El
cártel de Sinaloa. Una historia del uso político del narco, el capo me dijo que
tal cosa sí había sucedido, pero que quien había convocado a la reunión y había
asignado los lugares de trabajo habría sido Guillermo González Calderoni, jefe de la policía antinarcóticos al
inicio del Gobierno del presidente Carlos Salinas de Gortari.
“Fue González Calderoni
quien en su tiempo repartió plazas; él se lució ante sus superiores, pero
después de mi detención ya no volvió a detener a nadie de importancia. Todos
eran sus amigos. En 1989 no existían los “carteles...”, me contó Félix
Gallardo, quien a diferencia del Chapo, nunca fue extraditado a Estados Unidos,
aunque permanece encerrado en una prisión mexicana de máxima seguridad.
Cartel es una palabra que la
DEA implementó a mediados de los ochenta en América Latina. Luego fue retomada
por las autoridades mexicanas, posteriormente por la prensa y finalmente por
los ciudadanos de a pie. No es el término más preciso para designar a los
grupos de traficantes mexicanos. Cartel remite a una organización económica que
domina todas las fases de un negocio y que controla todo el mercado. Eso no
ocurre siempre con los grupos mexicanos involucrados en el narco.
Más allá de la mitología
derivada del término, los propios traficantes han acabado por usarla también
para nombrar a sus organizaciones. De esta forma, la palabra cartel ha
trascendido su definición de
diccionario y se ha convertido en una forma sencilla para
referirse a un intrincado conglomerado de bandas establecidas en una región en
específico, las cuales cuentan con estructuras flexibles para traficar drogas.
Aunque no queda claro si fue
Félix Gallardo o el propio Gobierno quien creó el sistema de carteles que aún
prevalece y se ha multiplicado en México, la idea de aquella decisión era que
todas las células criminales seguirían organizadas de manera coordinada con las
autoridades. Como me dijo Félix Gallardo: “Los narcos no estábamos contra el
Gobierno, éramos parte del Gobierno”. De esta forma, a finales de los ochenta
el narcotráfico funcionaba como una especie de empresa paraestatal a cargo de
familias en su mayoría sinaloenses.
Pero ya en los noventa
México estaba viviendo la irrupción del neoliberalismo y de una incipiente
alternancia partidista, por lo que los nuevos tiempos de competencia, así como
las leyes del libre mercado y el máximo beneficio, terminaron por imponerse
también en el mundo narco, que mostró tener una notable aptitud ultracapitalista.
En este contexto, la primera
célula de traficantes que se separó de las demás para convertirse en un cartel fue la de Tijuana (de manera coincidente —o no—
asentada en el primer Estado gobernado por un partido distinto al PRI: el PAN). En su momento, la familia Arellano Félix decretó la
autonomía de su territorio y empezó a cobrar tarifas especiales a los demás
traficantes que querían usar la codiciada frontera con California, Estados
Unidos.
Entre los afectados con esta
decisión estaba El Mayo, que ya era un latifundista con enormes sembradíos de
marihuana y adormidera en Sinaloa, así como El Chapo, que operaba en el cercano
poblado de Tecate y era famoso desde entonces por haber creado una oportunidad
de negocios debajo de la tierra: los túneles para cruzar la droga por la línea
divisoria entre México y Estados Unidos. Ambos acabaron aliándose con la familia Carrillo Fuentes, que se había quedado con el control de
Ciudad Juárez, el otro cruce importante de la frontera.
Así fue como El Mayo y El
Chapo primero se aliaron y luego construyeron junto a sus familias una de las
organizaciones criminales más afamadas de los últimos años en el mundo, la cual
terminaría siendo diseccionada en el juicio de Nueva York, al final del cual El
Chapo fue condenado a cadena perpetua y se generó la sospecha
de que había sido traicionado por su socio, quien de manera aparente siempre
ostentó el poder detrás del trono en el cartel de Sinaloa.
II
Hubo una época hace no mucho
tiempo en la que escribir sobre el narcotráfico no estaba de moda. Por entonces
era un tema censurado y lejos del morboso glamur de hoy, el cual hizo que
algunos proyectos de televisión —y ciertos académicos tan
ruidosos como oficiosos— lo volvieran fetiche comercial y sensacionalista,
en lugar de un asunto que había que documentar, analizar y exhibir.
En aquellos años era
imposible imaginar que los medios de comunicación dieran cuenta de manera
detallada de esta realidad. Los reporteros de prensa batallábamos para publicar
investigaciones o incluso simples notas como esta. Para quienes trabajábamos en
diarios de provincia, la batalla contra el silencio era todavía más cruenta.
Con el paso del tiempo,
cuando el fenómeno se volvió más presente en las principales ciudades y colapsó
la vida de un país que se preparaba para gozar la democracia, resultó imposible
ocultar la información que emanaba de esa enorme cloaca, la cual ahora es
observada como nunca hasta que de nueva cuenta se imponga la censura (oficial
y/o criminal) y en lugar de reportear sobre una de las principales tragedias de
nuestro tiempo tengamos que hacerlo sobre la pequeñez del mono tití.
Faltan nombres, pero entre
los periodistas pioneros que registraron operadores, rutas, modus
operandi, crímenes, pugnas y demás situaciones de este mundo están Jesús Blancornelas y Jorge Fernández Menéndez, así como los académicos Luis Astorga
y Rossana Reguillo, y los escritores Élmer Mendoza y Yuri Herrera.
Tiempo después, una nueva
generación de reporteros (todos con nombres que inician con A) como Anabel
Hernández, Adela Navarro, Alejandro Almazán, Alejandro Suverza, Alfredo Jiménez Mota (desaparecido), Alejandro Gutiérrez,
Alejandro Sicairos, Alfredo Joyner (QEPD), Alejandro Páez y Abel Barajas
escribirían de manera profusa sobre el tema. De manera destacada lo hizo
también mi amigo Javier Valdez, asesinado a causa de ello en 2017 en Sinaloa.
La primera nota que me tocó
hacer a mí sobre el tema data del año 2000. Recuerdo que un editor de la Ciudad
de México cuestionaba que estuviera “inventando” en mis textos la existencia en
el noreste del país de un grupo llamado Los Zetas. “La PGR [Fiscalía del Estado] no
lo tiene en su lista oficial. Además, ese es un nombre ridículo”, decretó, para
luego eliminar de mi artículo la mención a la banda, sin imaginar que años
después esta última letra del abecedario se convertiría en una realidad de
pesadilla.
Según mi archivo, la primera
vez que reporteé de manera directa en Sinaloa fue en 2004, cuando entrevisté en
Culiacán a políticos locales de cara a las elecciones de ese año en el Estado,
en las cuales descubrí que el coordinador de la campaña del entonces candidato
favorito para ganar era amigo de un temido secuestrador llamado Miguel Ángel
Beltrán, El Ceja Güera.
Tras publicar la historia,
el político señalado —dueño de un ego hipertrofiado— no negó sus vínculos con
el criminal e incluso organizó un mitin en una plaza pública donde lanzó
diatribas contra la publicación y acabó prendiéndole fuego al reportaje delante
de cientos de sus seguidores que celebraban su ataque contra mi trabajo.
Finalmente, el candidato que
apoyaba este hombre no ganó aquella elección.
Tampoco fue investigado
nunca por sus vínculos con la mafia.
Años después sería asesinado.
El candidato que sí ganó la
elección se convirtió en gobernador. Tras asumir el poder, un día me invitó a
desayunar con él a la casa de gobierno. Según mis notas de aquella conversación off
the record, esa fue la primera vez que dimensioné que quien mandaba realmente
en Sinaloa no era el gobernador ni el presidente, sino un narcotraficante poco
famoso a nivel nacional: Ismael
Zambada García, El Mayo.
Desde entonces a la fecha,
de manera intermitente he entrevistado a capos, sicarios, empresarios,
campesinos, víctimas, policías, jueces y políticos, mientras voy recopilando
una carpeta de investigación con documentos oficiales, testimonios y notas
específicas sobre este personaje al que —quizá inspirado en el mundo del narco
donde los apodos acaban siendo más memorables que los nombres— titulé la
carpeta de trabajo sobre El Mayo con el apodo de Jefe de Jefes.
III
En un ambiente tan
traicionero, para sobrevivir es inevitable que los capos busquen no solo
lealtad sino incondicionalidad entre sus cercanos. Primero reclutan a la
familia y después, a través de alianzas lo más profundas posibles, a fieles
colaboradores, como sucedió con Félix Gallardo, quien tenía como sus principales
operadores a Caro Quintero y a Fonseca Carrillo.
Bajo esta misma lógica se
fue construyendo la triada que controló hasta hace no mucho tiempo al cartel de
Sinaloa, la cual encabezaban El Mayo, El Chapo y el capo que juntó a ambos: Juan José Esparragoza, a quien por haber sido policía y
por su tono azuloso de piel apodan El Azul.
El Azul —septuagenario
fugitivo igual que El Mayo— trabajaba en los setenta con otro traficante
apodado El Diablo, casado con una hermana de El Mayo. Así fue como
ambos se conocieron y trabajaron varios años. En 1986, a causa de las redadas
derivadas del asesinato del agente Camarena, El Azul también fue detenido
aunque desde la prisión siguió operando a través de diversos testaferros, entre
los que estaban miembros de la familia
Beltrán Leyva, conformada por los hermanos Arturo, Alfredo y Héctor,
así como El Chapo y su hermano Arturo, El Pollo, quien movía drogas y
dinero por la frontera a través de una flotilla de camionetas Ford Bronco, las
más famosas de la época.
Cuando la familia Arellano
Félix se independizó de los narcotraficantes del resto del país inició una
guerra en Tijuana. El Azul concertó desde la prisión la alianza entre El Mayo y
El Chapo, aunque la figura que lideraba en ese momento el grupo era Amado Carrillo Fuentes, un antiguo piloto de la policía
—también nacido en Sinaloa— apodado El Señor de los Cielos, quien mantenía
el control de Ciudad Juárez y a quien El Mayo conocía desde que eran jóvenes.
Coincidiendo con este punto
de quiebre del mundo criminal, México firmó el Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos y Canadá.
Los narcos, a final de cuenta empresarios armados, aprovecharon el acuerdo
internacional para desarrollar una vasta infraestructura que les permitiera
realizar sus operaciones ilegales a la par de la integración económica formal
de los tres países.
Tal circunstancia fue
también uno de los factores que provocarían que los capos mexicanos arrebataran
el control comercial a sus pares colombianos, quienes después de haber sido los
amos del negocio en la era de
Pablo Escobar, terminaron por convertirse básicamente en
productores, dejando la parte más lucrativa de la actividad —el transporte y la
distribución— a los mexicanos.
De esta forma, al igual que
exitosos empresarios formales mexicanos como Carlos Slim, Germán Larrea y
Alberto Bailleres, la triada de El Mayo, El Chapo y El Azul —en su momento
junto con el fallecido Señor de los Cielos—, aprovechó el momento histórico que
vivía la economía del norte de América para llevar a cabo muy buenos negocios y
empezar a figurar en los rankings mundiales de riqueza de la revista Forbes.
IV
Aunque el narcotráfico es
algo peligroso además de ilegal, en Sinaloa resulta ser popular y común desde
mediados del siglo pasado, al grado de que existe un santo consagrado a dicha
actividad: Jesús Malverde, bandido del que no existen fotografías ni
registros gráficos pero cuya representación fue inventada en los setenta
tomando como modelo la figura de la histórica estrella del cine mexicano Pedro
Infante, según me contó alguna vez el exgobernador sinaloense, Juan Millán.
Siguiendo con ese
sincretismo narco, católico y cinematográfico que refleja el poder cultural del
fenómeno en Sinaloa, un abogado me dijo alguna vez de manera rotunda:
—El Chapo era como Jesús y
El Mayo el Espíritu Santo. Al que todos veían trabajando era al Chapo pero el
que le daba la fuerza era El Mayo, aunque nadie lo viera.
—¿Y quién es Dios?— pregunté,
siguiendo su desorbitado juego.
—¿Dios? Pues Dios es el
Gobierno gringo, ¿quién más?
El Chapo Guzmán durante su juicio
en Nueva York, en el que se presentó como prueba una fotografía de El Mayo
Zambada. JANE ROSENBERG / EFE
Por ahora no hay ningún
corrido norteño que se refiera a El Mayo como Espíritu Santo, pero en
otros sí es llamado El del Sombrero, El M grande, El Padrino o El
Quinto Mes. A sus 72 años, este hombre moreno de 1,80 de estatura presumió de
tener seis mujeres al periodista Julio Scherer en una legendaria entrevista publicada en la revista Proceso. La
información oficial indica que por lo menos tiene diez hijos procreados con
cuatro parejas distintas (Rosario Niebla, Margarita Imperial, Leticia Ortiz y
Norma Sicairos), así como quince nietos y un par de bisnietos.
Justo a principios de este
2019, vi en persona a otra de las parejas de antaño que le achacan: Sandra Ávila Beltrán, quien lleva tres fuera de prisión, después
de ser detenida en 2007 y extraditada a Estados Unidos bajo la acusación de
trabajar para El Mayo. Ella estaba en una cafetería de la Plaza Antara, una de
las más exclusivas de la Ciudad de México. Platicamos un rato sobre el
periodista Scherer, que también la entrevistó y publicó un exitoso libro
titulado La Reina del Pacífico, apodo que la policía mexicana le dio a
esta mujer, inspirándose a su vez en la famosa novela del escritor Arturo Pérez
Reverte La Reina del Sur: este, uno de esos peculiares casos en los que la
ficción termina por inventar la realidad.
Pero La Reina del Pacífico
es real y ha sido señalada como supuesta lavadora de dinero del Mayo, quien
controla a través de familiares y prestanombres negocios lícitos como
gasolinerías, mueblerías, granjas porcícolas, bienes raíces, restaurantes,
centros comerciales y establos. Santa Mónica, la marca de leche más consumida
en Sinaloa, es producida por la empresa Nueva Industria de Ganaderos de
Culiacán, la cual, según el Departamento de Tesoro de Estados Unidos, es propiedad
del Mayo.
A diferencia de la mayoría
de las parejas conocidas del Mayo, La Reina del Pacífico no nació en Sinaloa,
sino en Mexicali. Aunque El Mayo vivió algún tiempo atrás en Tijuana y otro en
Ciudad de México, su principal centro de operaciones y lugar de residencia a lo
largo de su vida ha sido el sur de Culiacán, en la comunidad de El Salado,
donde posee ranchos a los cuales se trasladaba en helicópteros, casi siempre
pintados de color negro, o bien vía terrestre, en camionetas Cheyenne, su marca
preferida. La bahía de San Carlos, en Guaymas, Sonora, o las montañas de la
sierra del vecino estado de Durango también son refugio ocasional cuando
arrecian los operativos en su contra.
Para evitar ser detenido,
más allá de la red de protección política y policial que lo protege, El Mayo
goza también en Sinaloa de una red de protección popular bastante potente. Se
trata del típico narcotraficante que reparte dinero o construye carreteras o
iglesias en los pueblos pobres de la región, como en Quilá, donde la virgen de
la iglesia local lleva una corona de oro patrocinada por él. Su involucramiento
ante los problemas de la comunidad es tal que durante una crisis de secuestros
que vivió la entidad hace varios años, El Mayo ordenó a sus testaferros apoyar
a la policía local a terminar con las bandas que asolaban la región. Por este
tipo de acciones, no solo las clases populares sino también las medias y altas
de Sinaloa ven al capo como una especie de patriarca que vela por la
tranquilidad de sus pueblos y ciudades.
Lo que cuentan algunos de
sus allegados es que fuera de su sociedad con El Chapo y El Azul, así como de
los lazos con su familia, El Mayo es un hombre de pocos amigos. Quizá el más
importante que tuvo fue Baltazar Díaz Vega, El Balta, quien además de ser
su primer socio del negocio se convirtió en su compadre al casarse una hija del
Mayo con el primogénito del Balta.
Tanto su compadre como su
yerno acabaron asesinados en los noventa como
parte de las vendettas de
la mafia, las cuales han provocado que a lo largo de la trayectoria criminal
del Mayo este haya visto entierros, encierros o destierros de múltiples socios,
sobrinos, amigos, hermanos e hijos.
En cambio, El Mayo, libre hasta el día de hoy, es poseedor de un poder especial,
ya que si del Chapo ha sorprendido su poder para fugarse dos veces de prisiones de máxima
seguridad, ¿qué debería pensarse sobre el poder acumulado por El Mayo para no
haber pisado nunca la cárcel y seguir activo y con vida siendo ya bisabuelo?
Pregunté lo anterior al
abogado que conoce bien los entretelones de ese mundo. “Sí, es muy espectacular
—contestó— que El Chapo se haya fugado de dos cárceles de máxima
seguridad, pero ¿quién le ayudó a que pudiera hacerlo? Fue El Mayo. La hazaña
de verdad no está en quien se escapa de una prisión, sino en quien es capaz de
sacarte de la prisión”.
A diferencia del Chapo, que
desde principios de los noventa ya estaba fichado, El Mayo empezó a ser buscado
por las autoridades mucho tiempo después. Según registros oficiales, no ocurrió
hasta 1998, durante el llamado maxiproceso iniciado en el Estado de Quintana
Roo que culminó con la detención del primer gobernador mexicano acusado de narcotráfico: Mario Villanueva,
quien de acuerdo con la investigación oficial hecha en el Gobierno del
presidente Ernesto Zedillo, junto a otros políticos y policías, habían
convertido Cancún y la Riviera Maya en un paraíso por igual para los narcos que para los turistas:
decenas de cargamentos de cocaína provenientes de Colombia desembarcaban ahí
cada mes, a tal grado que hasta Pablo Escobar tenía una casa de descanso en la
zona. Otro de los beneficiarios de esta “zona comercial especial” era
precisamente El Mayo.
Pero la acusación pasó
desapercibida en buena medida. No sería hasta el inicio de este nuevo siglo
cuando el capo finalmente cobraría algo de notoriedad. Su perfil empezaría a
ser de mayor interés para la DEA, que llegó a colocar anuncios panorámicos con
la fotografía del Mayo en las carreteras de Arizona, donde tras haberse hecho
una cirugía plástica en el rostro, el capo solía pasearse de vez en cuando.
A la par de esto, la
industria musical generó corridos en
su honoren los que se le atribuían expresiones como éstas:
—Paso a paso subí la
escalera, muchos años tengo en el poder, aquellos que han querido tumbarme, de aquí
arriba los miro caer.
—La vanidad es el peor enemigo de este trabajo.
—Todo lo que vale la pena, nunca será sencillo y tampoco imposible.
—Puta gente corriente, dejaré que hablen y sigan chingando… ya les llegará el calor del quinto mes.
—En esta vida he ganado todas las guerras contra mis enemigos, pero perdí las más importantes, cuidar bien a mis hijos.
—La humildad se lleva en la sangre, no en la cartera.
—Tanto 'perico' y la gente metiendo las narices donde no la llaman.
—No es necesario usar marcas para tener buenos gustos.
—Aprendí a perder, pero nunca a darme por vencido.
—La envidia no duerme.
—La historia hay que terminarla para poder escribirla.
—La vanidad es el peor enemigo de este trabajo.
—Todo lo que vale la pena, nunca será sencillo y tampoco imposible.
—Puta gente corriente, dejaré que hablen y sigan chingando… ya les llegará el calor del quinto mes.
—En esta vida he ganado todas las guerras contra mis enemigos, pero perdí las más importantes, cuidar bien a mis hijos.
—La humildad se lleva en la sangre, no en la cartera.
—Tanto 'perico' y la gente metiendo las narices donde no la llaman.
—No es necesario usar marcas para tener buenos gustos.
—Aprendí a perder, pero nunca a darme por vencido.
—La envidia no duerme.
—La historia hay que terminarla para poder escribirla.
Sería hasta 2010 cuando
ocurriría su momento de mayor visibilidad, al aparecer de manera sorprendente
en la portada de la revistaProceso fotografiado junto al
periodista Julio Scherer, en una entrevista donde diría frases como estas:
“El monte es mi casa, mi
familia, mi protección, mi tierra, el agua que bebo”.
“La tierra siempre es buena,
el cielo no”.
“El narco está en la
sociedad, arraigado como la corrupción”.
“Tengo pánico de que me encierren”.
“Tengo pánico de que me encierren”.
“El problema del narco
envuelve a millones. ¿Cómo dominarlos? En cuanto a los capos, encerrados,
muertos o extraditados, sus reemplazos ya andan por ahí”.
V
La locomotora salió de
Sufragio, Sinaloa, pasó por Empalme, Sonora, y a siete kilómetros de ahí,
cuando enfilaba hacia Arizona, algo sucedió con las válvulas de vapor, por lo
que el monstruo tuvo que detenerse. Nada es casualidad en la vida, sobre todo
en la de los trenes. Unos policías estaban a la espera. Los vagones del convoy
iban repletos de migrantes y de marihuana propiedad del Mayo.
Los tres maquinistas fueron
arrestados y llevados a Hermosillo, donde luego fueron condenados a diez años
de prisión. En el juicio, los maquinistas aseguraron no saber cómo es que
viajaban con dos vagones cargados de más de una tonelada de yerba. La habitual omertá del
cartel de Sinaloa se activaba.
Empalme es un pueblo
desértico a medio camino de Sufragio y Hermosillo. Ahí divergen las vías
ferroviarias hacia las ciudades fronterizas de Mexicali y Nogales. A menudo,
los despachadores avisan a los operadores del cartel sobre las rutas y dónde y
cuándo deben detener los trenes para guardar la marihuana que después cruza la
frontera de México con Estados Unidos.
No es la única forma de
pasar la droga. Con más de cincuenta años en el negocio, El Mayo logró
desarrollar una variada infraestructura para transportar su mercancía por
aire, mar, tierra y hasta por debajo de la tierra. La forma más común de burlar
la seguridad de las aduanas estadounidenses es a través de vehículos de carga
que llevan droga escondida en compartimentos secretos o en productos legales
como manteca y latas de chile marca La Comadre.
Otra forma que no ha dejado
de emplearse es aquella con la que el Chapo sorprendió a sus colegas en sus
inicios y que se volvió famosa durante su segunda fuga de una cárcel de máxima seguridad en
México: la de túneles construidos para atravesar de manera subterránea el muro
divisorio hasta el lado americano. Estas obras son iniciadas del lado mexicano,
por lo regular en casas o ranchos de apariencia normal, aunque algunas veces
son usados sitios más extravagantes. Por ejemplo, una capilla de un cementerio
fronterizo era una de las puertas de entrada para introducir la droga de manera subterránea a Estados Unidos.
Marihuana, metanfetaminas y
heroína, las drogas que la organización produce en Sinaloa, Durango y Chihuahua
—zona llamada Triángulo Dorado— suelen moverse vía terrestre. Pero la cocaína
importada de Colombia requiere de una logística especial que la debe hacer
pasar por Centroamérica, llegar a la frontera sur de México y de ahí recorrer
—vía aérea o terrestre— todo el país hasta Sinaloa o Sonora, donde es
embodegada a la espera del momento oportuno para ser cruzada a Estados Unidos a
través de Sonoyta, Agua Prieta, Nogales, San Luis Río Colorado o el desierto de
Altar, donde los migrantes son empleados como cargadores (“mulas”, les llaman) de
sacos de hasta 20 kilogramos de marihuana cada uno.
Ya en Arizona, la mercancía
es almacenada en casas especiales de Tucson o Phoenix, propiedad de ciudadanos
estadounidenses que aparentan llevar una vida normal. Luego es trasladada hasta
Chicago o Nueva York, los principales destinos de la mercancía de la
organización, aunque también hay envíos ocasionales a Los Ángeles, un mercado
dominado por la familia Arellano Félix, que cuenta históricamente con
contactos en las corporaciones policiales locales de California.
Al llegar al destino final
estadounidense, la mercancía es llevada a bodegas especiales, donde se usan
autos con compartimentos secretos para ocultarla. Luego, dichos autos se dejan
en estacionamientos de centros comerciales con las llaves escondidas para que
los compradores los recojan y se lleven la droga.
En ocasiones, los autos son
devueltos al día siguiente en el mismo lugar y en los compartimentos donde
había droga, ahora van los dólares del pago, por lo que se inicia, pero de
regreso a México y con dinero en efectivo en lugar de drogas, la misma
logística.
En el juicio de Nueva York, el primogénito del Mayo, Vicente Zambada Niebla, El Vicentillo, explicó
que una inversión de 9 millones de dólares para transportar 15 toneladas de
cocaína de Colombia a Estados Unidos podía generar una ganancia neta de 39
millones de dólares si era entregada en Los Ángeles, 48 en Chicago y 78 en
Nueva York.
Dicha cocaína de Colombia
llega a México de diversas formas. Puede ser enviada también vía marítima. Otra
historia revelada en el juicio de Nueva York —que bien pudo haber sido la
versión psicodélica de un cuento de Gabriel García Márquez— fue la de un
capitán de navío que mientras dirigía su embarcación probó del producto que
transportaba y acabó por hundir en aguas mexicanas su nave con cargamento y
todo, por lo que tuvieron que pasar varios meses para que un equipo especial de
buzos enviado por el cartel pudiera hallar la cocaína en el fondo del mar, la
cual, como estaba impermeabilizada, se pudo recuperar; solo hubo que agregarle
compuestos químicos antes de seguir su camino de nuevo hacia las narices de sus
consumidores finales en Estados Unidos.
El proveedor de dicho
cargamento era Juan Carlos Ramírez Abadía, Chupeta, capo colombiano
del cartel del Norte del Valle quien relató también que al principio el acuerdo
con el cartel de Sinaloa era que el 60% de las ganancias de cada cargamento
serían para él y el resto para sus socios mexicanos. También relató que, en sus
mejores momentos, aeronaves procedentes de Colombia aterrizaban cargadas de
cocaína como si nada en Los Mochis, Sinaloa, donde eran recibidas por policías
federales que las trasladaban hasta la frontera.
Una logística menos compleja
es la usada para la adquisición de las armas y municiones de la organización,
las cuales son adquiridas en su mayoría en Arizona y Texas, donde los controles
son menos estrictos que en otros lugares. Aunque el cartel ha sido capaz de
adquirir armamento de sectores corruptos de las fuerzas armadas de México, El
Salvador, Ecuador y Colombia, la industria estadounidense es la mayor
proveedora del arsenal de la organización.
Incluso, en algunas
ocasiones, ha sido el propio Gobierno americano el que ha dado las armas a los
narcotraficantes mexicanos, como sucedió con la fallida operación encubierta Rápido y Furiosorealizada por la Oficina
de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos (ATF), que proveyó a los
cárteles de dos mil pistolas calibre 5.7, 9 milímetros y rifles AK-47, AR-15 y
Barret .50, con los que se cometieron diversas atrocidades en el país.
Todas las operaciones de
tráfico de drogas, dinero y armas eran dirigidas por una primera línea de poder
del cartel de Sinaloa en la que figuraban principalmente El Mayo, El Chapo y El
Azul, mientras que en la segunda lo hacían hermanos, hijos y otros familiares
de los capos. En el caso del Mayo, su hermano Vicente participaba en las
operaciones del sur del país desde Cancún; su hermano Jesús, apodado El Rey, en
el centro, desde la Ciudad de México y el estado de Hidalgo; y el propio Mayo
en el norte desde Sinaloa. Mientras tanto, su hijo Vicentillo se encargaba de
las operaciones internacionales.
El Mayo tenía también
delegados especiales en algunos Estados clave: en Baja California estaba Manuel Garibay Espinoza, El Meño; en Chihuahua, Germán
Magaña Pasos, El Paisa; en Nueva York, Ismael Lugo Rodríguez, El
Cholo; en Guerrero, Rogaciano Alba, y en Centroamérica, los hermanos Gastélum Serrano. De la siembra de marihuana y
heroína en el Triángulo Dorado se encargaba la familia Cabrera Sarabia; y de
las operaciones financieras, Margarita Cázares, La Emperatriz.
Para el manejo general del
negocio, El Mayo contaba con José Lamberto Verdugo Calderón, quien supervisaba
los envíos de droga a Estados Unidos y recibía los pagos en efectivo. Parte de
ese dinero era guardado en casas especiales de Culiacán para luego ser lavado o
usado por operadores como Dimas Díaz Ramos, quien se encargaba de pagar los sueldos de
los principales colaboradores de la organización, así como de hacer las compras
necesarias para la logística de transporte y de seguridad, como celulares
encriptados, programas de espionaje y redes de radiocomunicación.
Por varios años, el brazo
derecho del Mayo fue Javier Torres Félix. Este hombre, apodado El JT, provenía
de un grupo de guardias rurales y se encargaba también de la seguridad del capo
y de su familia, así como de ir en su representación a diversas negociaciones.
Para cumplir su labor, El JT contaba con un pequeño batallón de más de 50
personas armadas, así como de una red de infiltrados en diversas dependencias
federales que le daban reportes regulares sobre los movimientos del ejército y
la policía federal. Su hermano Manuel, El Ondeado, también colaboraba en
la faena. No sobra decir que todas las corporaciones policiales de Sinaloa ya
estaban bajo sus órdenes.
Otros pistoleros importantes
del Mayo eran los antiguos policías Gonzalo Araujo Payán, El Chalo, y
Gonzalo Inzuna, El Macho Prieto, quienes a su vez solían reclutar soldados de
la Tercera Región Militar, con sede en Mazatlán, para reforzar la seguridad de
la organización, sobre todo durante las diversas guerras contra otros carteles.
Durante los últimos años, cuando arreciaron los conflictos de la organización,
El Mayo ordenó la creación de un grupo especial de seguridad que tomó el nombre
de Los Ántrax, dirigido por Rodrigo Aréchiga, El Chino Ántrax, pistolero de
espíritu carnavalesco al que le gustaba subir a Instagram, Facebook y Twitter fotos de su día a día en
aviones privados, autos de lujo o con celebridades como Paris Hilton, hasta que
un día fue detenido recién aterrizado en Ámsterdam, donde planeaba celebrar el
año nuevo.
Tanto El Chino Ántrax como
todos los personajes anteriores que colaboraron con El Mayo en la consolidación
de su organización criminal acabaron muertos o detenidos.
VI
En el año de 1994 México
vivió la entrada en vigor del TLC, la insurrección del Ejército
Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en Chiapas, el asesinato de un candidato a la presidencia y el de un líder nacional del PRI, así como también la peor crisis
económica en su historia. Por si fuera poco, se reactivó a las orillas de la
capital del país el volcán Popocatépetl.
Ese año también estuvo a
punto de morir El Mayo.
Un coche bomba estalló en el Hotel Camino Real de
Guadalajara, muy cerca de donde se encontraba el capo. El artefacto había sido
colocado por emisarios de la familia Arellano Félix, quienes antes habían hecho
estallar otros dos autos llenos de explosivos en Culiacán.
La disputa de la familia
Arellano Félix con el cartel de Sinaloa fue la primera guerra del narco que se
vivió en México a escala nacional. Dos años antes del coche bomba de
Guadalajara, El Chapo y El Mayo habían enviado un comando a la discoteca Christine de Puerto Vallarta con el fin de
matar a Benjamín Arellano Félix, el líder del cartel de Tijuana. Sin embargo,
el ataque fracasó y acabó en una masacre.
En respuesta, un año después
El Chapo sería atacado en el aeropuerto de Guadalajara, pero los pistoleros
enviados por la familia Arellano Félix confundieron al capo con un importante
jerarca religioso: el cardenal
Juan Jesús Posadas Ocampo, quien acabó muerto mientras que El
Chapo, que estaba en otro vehículo, resultó ileso.
La muerte del cardenal
desató una crisis política e incluso diplomática con El Vaticano. Esto provocó
una cacería en contra del Chapo, quien se refugió en Guatemala, donde
finalmente fue detenido y luego entregado a las autoridades mexicanas, las
cuales presumieron de su encierro y siguieron administrando la crisis política
con la Santa Sede.
La disputa con la familia
Arellano Félix se mantuvo durante años y continúa hasta el día de hoy, aunque
con menos intensidad. Fue la muerte de Ramón Arellano Félix en 2002, en
Mazatlán, la que significó el triunfo del cartel de Sinaloa. En aquella
ocasión, el mafioso de Tijuana acudió al carnaval de la ciudad con el fin de
asesinar a El Mayo, pero este fue advertido por policías locales, quienes
finalmente mataron al más joven de los hermanos Arellano Félix. Meses después, el primogénito Benjamín sería detenidopara luego ser
extraditado a Estados Unidos, quedando en la actualidad al frente de la
organización su hermana Enedina.
Esos años fueron recordados
en un juicio en Estados Unidos por Serafín, otro de los hijos de El Mayo, quien
dijo que cuando cumplió dos años de edad explotó una bomba fuera de donde se
celebraba su fiesta. “Viví en una jaula de oro con lujos inútiles. Desde 1992
hasta el 2000, los días fueron difíciles y sangrientos, en los que hubo una guerra
estúpida y sin sentido donde muchas familias fueron destruidas”.
Escenas de violencia, de
izquierda a derecha y de arriba a abajo: el asesinato de Ramón Arellano Félix
en 2002; un hombre muerto tras un ajuste de cuentas en Ciudad Juárez en 1997;
un militar junto al cadáver de Arturo Beltrán Leyva en 2009; el cuerpo del
periodista asesinado Javier Valdez en 2017; víctimas de un tiroteo en Culiacán,
también en 2017, y el funeral del cardenal Posadas, asesinado en 1993. FOTOS:
REUTERS, AP, FERNANDO BRITO, EFE / ILUSTRACIÓN: FERNANDO HERNÁNDEZ
No mucho tiempo después de
aminorar la guerra de la familia Arellano Félix con El Chapo y El Mayo, comenzó
otra con la familia Carrillo Fuentes, la misma que durante los
noventa había sido su aliada.
El 11 de septiembre de 2004,
más de 500 balas fueron disparadas en el estacionamiento de un cine de
Culiacán. Varias atravesaron los cuerpos de un cuidacoches, cinco sicarios, así
como de Rodolfo Carrillo Fuentes y Giovanna Quevedo, su novia de 18 años.
Rodolfo era el hermano menor del ya fallecido Señor de los Cielos. Le decían
Niño de Oro.
Su asesinato había sido
decretado un par de meses antes en una reunión en Monterrey encabezada por El
Mayo y El Chapo. La razón de la sentencia de muerte era que el Niño de Oro
había asesinado a su vez a diversos socios y cómplices del Chapo y El Mayo que
eran piezas clave para la introducción de cocaína a Estados Unidos.
En represalia, la familia
Carrillo Fuentes ordenó semanas después el asesinato de Arturo, El Pollo,
hermano de El Chapo que se encontraba preso en el Penal de Almoloya.
De esta forma se
recrudecieron los enfrentamientos en Culiacán y como tanto un bando como el
otro tenían bajo su servicio unidades de policías, militares y políticos
locales, no quedaba claro la forma en la que acabarían las escaramuzas. Tan
riesgosa era la situación que Vicentillo salió de la ciudad ya que un sicario
detenido por sus hombres confesó haber sido contratado para secuestrar a la
esposa del hijo del Mayo, cortarle la cabeza y enviársela en una caja a la
familia, un tipo de venganza que ya había sucedido en otras ocasiones en
el inmisericorde mundo narco.
La guerra siguió los años
siguientes y en 2008 el cartel de Sinaloa lanzó una ofensiva en Ciudad Juárez
con el fin de arrebatarle el control del lugar a la familia Carrillo Fuentes,
cosa que no logró del todo y que provocó una larga lista de enfrentamientos con
un grupo especial creado por el cartel chihuahuense llamado La Línea. Aunado
esto a una ocupación militar, la disputa acabó con más de 1.500 homicidios y el colapso de la vida
civil de los habitantes de esta ciudad fronteriza con El Paso,
Texas.
Casi a la par de este
ataque, El Mayo y El Chapo sostuvieron una tercera guerra, ahora contra la
familia Beltrán Leyva, que desde los ochenta había trabajado con ellos. Esta se
desató tras la detención de Alfredo, El Mochomo, a quien sus
hermanos Arturo y Héctor quisieron rescatar, a lo que se opusieron los jefes
del cartel de Sinaloa. Después, la familia Beltrán Leyva los acusó de haber
entregado a su hermano a las autoridades a cambio de que el Gobierno apoyara su
ataque a la familia Carrillo Fuentes en Ciudad Juárez.
La tensión del Mayo y El
Chapo con la familia Beltrán Leyva fue creciendo hasta que estos últimos
terminaron por aliarse con la familia Carrillo Fuentes y ambas organizaciones
ordenaron el asesinato de un joven de 22 años de edad llamado Édgar Guzmán,
hijo del Chapo, que ocurrió en las vísperas del Día de las Madres en el
estacionamiento de un centro comercial.
Los periódicos de Sinaloa no
se animaron a dar la noticia al día siguiente, a pesar de que tenían muy bien
registrado el suceso. El asesinato era un parteaguas en la historia local.
El vehículo donde viajaba el
hijo del capo recibió más de 300 tiros en forma de abanico, a diez metros de
distancia. Un local comercial arropó buena parte de los disparos y del bazucazo
que el comando lanzó al final.
Durante el funeral de su
hijo, El Chapo envió más de cincuenta mil rosas para cubrir su ataúd.
Unos meses después, a
finales de 2008, durante una fiesta en una mansión cercana a Ciudad de México,
llegaron decenas de agentes de la Policía Federal con el fin de detener a
Harold Poveda, El Conejo,principal intermediario que tenía la familia
Beltrán Leyva para la compra de cocaína en Colombia.
El operativo no logró la
captura del narcotraficante de origen colombiano, pero los agentes a cargo decidieron aprovechar la alberca, la sala
de cine, los jacuzzis y el amplio jardín de la mansión para gozarlos también
ellos, torturando a algunos de los participantes y violando a varias de las
mujeres que estaban ahí, además de robar dinero, joyas y hasta algunas de las
mascotas de la casa.
La información y decisión de
realizar esta acción oficial no había surgido de una oficina gubernamental, sino
del cuartel del Mayo y El Chapo, quienes habían incrementado los pagos a
corporaciones federales con el fin de ganar la guerra que libraban contra la
familia Beltrán Leyva, que había dejado Sinaloa para operar desde la Ciudad de
México y el vecino estado de Morelos.
Jesús, hermano de El Mayo
apodado El Rey, era el encargado de coordinar las acciones con un presupuesto
mensual de 200 mil dólares solo para sobornos de autoridades.
Pero de manera sorpresiva,
una semana después del operativo en la mansión del Conejo, El Rey sería detenido por agentes de la PGR que en lugar
de estar en su nómina estaban en la de la familia Beltrán Leyva.
Si bien en el juicio de
Nueva York se aseguró que el cartel de Sinaloa tenía un acuerdo con el entonces secretario de
Seguridad Pública, Genaro García Luna (algo denunciado antes
por la periodista Anabel Hernández y negado hasta la fecha por el
exfuncionario), lo que no se explicó es que también algunos mandos de la PGR —la otra instancia que combate al narco en el país—
tenían más bien un acuerdo con la familia Beltrán Leyva, de tal forma que cada
cartel tenía una parte del Gobierno trabajando a su servicio.
La cooptación de las
autoridades de Sinaloa por parte de la organización del Mayo se ha dado como un
hecho de facto durante varios años, pero sus vínculos con autoridades a nivel nacional no se empezaron
a documentar tanto como sucedió durante su guerra contra la familia Beltrán
Leyva.
Dirigidas al entonces
presidente Felipe Calderón (quien siempre ha respaldado a su
subordinado García Luna), durante esos días eran colocadas de manera pública mantas de la familia Beltrán Leyva, con mensajes como
este: “Con todo respeto a su investidura, señor presidente, le pedimos que abra
los ojos y se dé cuenta de la clase de personas que tiene en la PFP [Policía
Federal Preventiva]. Nosotros sabemos que usted no tiene conocimiento de los
arreglos que tiene Genaro García Luna desde el sexenio de Fox con el cartel de
Sinaloa que protege al Mayo Zambada, a Los Valencia, Nacho Coronel y Chapo
Guzmán… Pedimos que pongan a personas que combatan al narco de forma neutral y
no incline la balanza a un solo lado”.
En el juicio de Nueva York también surgieron revelacioneshasta
ahora desconocidas de la narcopolítica o fantapolítica —según se prefiera ver—,
como supuestas reuniones del hijo del Mayo con altos mandos del Ejército,
empezando por el general Roberto Miranda, jefe del Estado Mayor Presidencial
durante el Gobierno de Ernesto
Zedillo (PRI), siguiendo con otras con el general Marco Antonio
de León Adams, exmiembro de la guardia del presidente Vicente Fox (PAN),
así como también una supuesta visita que hizo a Sinaloa el general Humberto
Antimo Miranda, para reunirse con El Mayo, justo al inicio del gobierno de Felipe
Calderón (PAN).
Otro de los señalamientos delicados que surgieron en el juicio es el
de que durante la campaña a la presidencia de Enrique Peña
Nieto (PRI), el cartel de Sinaloa donó dinero a través del
estratega electoral venezolano J. J. Rendón. Cuando le pregunté al respecto a
un importante miembro del equipo de campaña del expresidente me dijo que no metería las manos en el fuego por el consultor. “En una campaña
a veces llega más dinero del que estás esperando”, respondió.
De diversas formas, todos
los altos funcionarios aludidos de Gobiernos anteriores rechazaron las
acusaciones en su contra. Hasta ahora, el Gobierno encabezado por Andrés Manuel López Obrador (Morena) no ha iniciado ninguna investigaciónespecial
por estas acusaciones de vínculos entre las más altas esferas del poder
criminal y el político dadas a conocer en el juicio de Nueva York.
VII
Cuando parecía que la vieja
guerra contra la familia Arellano Félix ya estaba superada, en noviembre de
2010 El Mayo recibió la noticia de que su hermana Águeda, así como su sobrina
Isabel y la pequeña hija de esta habían sido secuestradas por miembros de la
organización rival al poco de haber llegado al aeropuerto de Tijuana.
No mucho tiempo después, un
equipo especial del Ejército liberó a las familiares de El Mayo de la casa
donde se encontraban. La noticia casi pasó desapercibida hasta que aparecieron a
posteriori una serie de mantas en diversos lugares de Culiacán. Una de
ellas decía: “Chapo y Mayo, para que vean que no somos tan corrientes como tu
propia sobrina te lo dijo, las dejamos vivas porque no quisimos matarlas en la
fiesta, no tengan miedo y manden a pelear a su gente para ver cómo nos toca, si
mandan Gobierno también les hacemos frente”.
Los miembros de la familia
Arellano que colocaron las mantas decidieron que quien firmara los mensajes
fuera un viejo conocido del cartel de Sinaloa: “Atentamente Ramón Arellano,
desde el infierno”, decía el texto, en alusión al viejo rival del Mayo
asesinado tiempo atrás durante el carnaval de Mazatlán.
Todas estas disputas entre
carteles provocaron que miles de padres y madres perdieran a sus hijos durante
los últimos años. La nebulosa de violencia llamada de manera oficial guerra del narco por el expresidente Felipe Calderón causó en una década
más de 200.000 asesinatos, 35.000 desaparecidos y el desplazamiento
forzoso de otras 35.000 personas, por lo que en este primer cuarto del siglo
XXI la democracia de México ha registrado más dolor y destrucción que cualquier
típica dictadura latinoamericana del siglo pasado.
El Mayo, uno de los
responsables parciales de esta situación, no ha salido ileso. Por lo menos
veinte de sus familiares directos han sido asesinados, detenidos, fichados o
secuestrados. La lista comienza con el único varón de los cinco hijos que tuvo
con su primera esposa Rosario Niebla: Vicentillo fue detenido y extraditado a Estados Unidos, al
igual que Ismael Zambada Imperial, Mayito Gordo, el hijo que tuvo con
Margarita Imperial. Lo mismo ocurría hasta hace poco con Serafín Zambada Ortiz,
hijo que tuvo con Leticia Ortiz, aunque a finales de 2018 fue puesto en
libertad.
Otros hijos suyos, como
Ismael Zambada Sicairos, Mayito Flaco,enfrentan órdenes de aprehensión,
mientras que sus hijas María Teresa, Miriam, Mónica y Modesta Zambada Niebla
están fichadas por diversas agencias de Estados Unidos.
Las tres familias en liza
del cartel de Sinaloa. A la izquierda, cuatro de los hijos de Ismael 'El Mayo'
Zambada y su hermano Jesús, 'El Rey'. Por parte de El Chapo, su hermano
Aureliano 'El Guano' Guzmán, y dos de sus hijos (Iván Archivaldo, 'Chapito', y
Jesús Alfredo) quienes lucharon por el control del cartel contra Damaso López
Núñez, 'El Lincenciado' (abajo), y su hijo, El MiniLic. Marcados con un *
aquellos narcos que testificaron en el juicio de El Chapo. ILUSTRACIÓN:
FERNANDO HERNÁNDEZ
Además del secuestro de
Águeda, un hermano de El Mayo, Vicente, fue asesinado; el otro, Jesús, El
Rey, está preso en Estados Unidos; mientras que sus sobrinos Vicente y Jesús,
hijos del Rey, también están muertos, el primero fue asesinado y el segundo se
suicidó tras ser detenido y convertirse en testigo protegido. Otro sobrino,
Édgar, hijo de María Teresa, también fue asesinado.
Quizá las desgracias
personales que más desconcertaron al Mayo fueron las detenciones de su hijo
Vicentillo y la de su hermano El Rey. Furioso, durante un reunión con El Chapo
en las montañas de Durango, el capo habría considerado la posibilidad de
contratar a un soldado estadounidense para que realizara un atentado contra
alguna institución de EE UU, pero finalmente esto no sucedió.
Lo que sí se planeó en algún
momento, según el testimonio del propio Vicentillo en el juicio de Nueva York,
fue contratar a un grupo de militares mexicanos para asesinar al zar antidrogas, José Luis Santiago Vasconcelos, en represalia
por la detención en Guadalajara del hijo del Chapo, Iván Archivaldo, Chapito, a
quien el Gobierno estuvo a punto de extraditar a Estados Unidos, pero que
finalmente fue liberado por un juez, por lo que el plan de matar a Vasconcelos
fue cancelado.
Aunque meses después
Vasconcelos murió en un increíble accidente aéreo: una aeronave gubernamental en la
que viajaban él y al secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño, se
estrelló en el transitado Periférico de la Ciudad de México.
Por su parte, tras ser
liberado, Iván Archivaldo se convirtió junto con su hermano Alfredo Guzmán, Alfredillo,
en un activo colaborador del cartel de Sinaloa. Con las detenciones de los
hijos de El Mayo, así como el escaso interés en el negocio de Cristian y Juan José, hijos del Azul, Iván y Alfredo fueron aumentando su
poder dentro de la organización hasta convertirse, tras la detención y
extradición de su padre a Estados Unidos, en los nuevos líderes, no sin antes
enfrentarse con Dámaso López Núñez, El Licenciado, un antiguo colaborador
del Chapo que también buscó relevar a su antiguo jefe pero que acabó en una
cárcel de Estados Unidos, junto con su hijo de mismo nombre, apodado El Mini Lic.
Durante esta disputa entre
los hijos de El Chapo y la familia López Núñez, El Mayo trató de mediar en
vano, ya que la pugna se fue desbordando cada vez más hasta convertirse en una nueva guerra que volvió a estremecer el noroeste del país.
Durante la misma, los
reporteros que mejor estaban informando al respecto eran mis amigos Martín Durán,
Cynthia Valdez y Javier Valdez, quienes por ello resultaron amenazados.
Al final, en el caso de
Javier, su trabajo periodístico le costó la vida: fue asesinado un
mediodía, el mediodía más triste en la historia de Sinaloa.
VIII
¿Cuándo empezó todo? ¿Por
qué Sinaloa es la capital internacional del narcotráfico? La creencia de que
durante el siglo pasado el Gobierno de Estados Unidos alentó de manera formal
la siembra de marihuana y adormidera en este lugar de México es tan fuerte que
hasta la fecha los sinaloenses de a pie suelen dar esa explicación cuando se
les hace la pregunta.
No solo ellos. El fundador
del cartel de Sinaloa, Félix Gallardo, aseguró lo mismo cuando lo entrevisté y
también lo han afirmado de manera pública desde secretarios de Estado,
procuradores y jefes policiales hasta algunos agentes estadounidenses.
Según esta versión, el
Gobierno de Franklin Delano Roosevelt impulsó y financió entre los años treinta
y cuarenta el cultivo de adormidera para producir la morfina que atemperaba los
dolores de los soldados estadounidenses heridos en combate. Mediante un acuerdo
oficial con el Gobierno de Manuel Ávila Camacho, eligieron la zona serrana de
Sinaloa por sus condiciones favorables para el cultivo de adormidera.
Sin embargo, el investigador Carlos Resa
Nestares considera que este es uno de los tantos mitos que
predominan sobre el narcotráfico en México. En sus análisis, Resa concluye que
existen suficientes elementos para cuestionar la verosimilitud de esta historia
creída por muchos en México. En primer lugar, debido a que no hay evidencia de
que un territorio como el de Sinaloa dé origen a una mayor eficiencia en la
producción de adormidera y opio que, por ejemplo, los más fértiles valles bajos
del mismo Estado.
Otra de las razones, rebate
el profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, es que esta producción de
drogas se hubiera podido hacer de manera legal en el amplio territorio
estadounidense. “En realidad” —explica el analista— “los archivos de
la Segunda Guerra Mundial muestran un profundo descontento de los funcionarios
estadounidenses con sus homólogos mexicanos por su incapacidad para controlar
la producción y exportación de drogas”.
Lo que sí es evidente es que
el Gobierno de Estados Unidos ha usado por mucho tiempo su hegemonía para
definir las políticas públicas de México en materia de combate al narcotráfico.
Lo que no se sabe es el nivel de detalle. Por ello cada vez más periodistas,
académicos, políticos y conocedores del tema suelen afirmar que en las agencias
estadounidenses están los auténticos jefes de jefes de un negocio tan
intrincado y complejo que adquirirá otro cariz cuando concluya el régimen de
prohibición de drogas actual.
En los tribunales de
Chicago, antes del juicio de Nueva York a El Chapo, se inició un proceso judicial en contra de Vicentillo, el cual prometía
mostrar más datos de ese mundo del narco en Estados Unidos, tan poco
conocido debido a que, entre otros factores, hay más periodistas
estadounidenses reporteando historias del tema en México que en su propio país.
Tras ser extraditado a
Estados Unidos, a través de sus abogados, el hijo del Mayo amagó con revelar
mediante documentos oficiales que el cartel de Sinaloa había trabajado en
colaboración con varias agencias estadounidenses como la DEA (antidroga), el FBI y el ICE (servicio
de inmigración y control de aduanas). En uno de sus alegatos mencionaba
específicamente al director regional de la DEA para Sudamérica, al de Méxicoy a
agentes asignados a la embajada estadounidense en Ciudad de México y los
consulados de Hermosillo y Monterrey.
Según la documentación del
proceso que se hizo pública, el intermediario de estos acuerdos era un abogado
llamado Humberto Loya Castro, quien operó el supuesto acuerdo entre el cartel
de Sinaloa y el Gobierno estadounidense desde 2004 hasta la detención de
Vicentillo. El presunto convenio estribaba en que a cambio de que las agencias
policiales americanas no intervinieran en las operaciones del cartel de Sinaloa
ni tampoco procesaran al Mayo y El Chapo, el grupo criminal proveería al
Gobierno de Estados Unidos de información sobre las demás organizaciones
involucradas en el tráfico de drogas.
Pero el juicio al Vicentillo
donde se ventilarían estos alegatos se fue posponiendo a lo largo de cuatro
años, en medio de negociaciones que finalmente concluyeron con un acuerdo de cooperación entre la Fiscalía y el hijo del Mayo.
Este se declaraba culpable de cargos menores y aceptaba ser testigo colaborador
en otros procesos, como el del Chapo, a cambio de que se le redujera su
estancia en prisión y de que su esposa e hijos fueran protegidos por el
Gobierno estadounidense.
Por ello, durante el juicio
de Nueva York, cuando Vicentillo subió al estrado a declarar en contra de su padre y del
Chapo (a quien se refirió como compadre), el abogado de este,
como lo hizo a lo largo del proceso, reiteró que le parecía sorprendente que El
Mayo siguiera libre, asegurando que esto sucedía porque había corrompido a todo
el Gobierno mexicano y porque su hijo tenía un acuerdo especial con el de
Estados Unidos.
—¿A qué se dedica tu papá?— preguntó
en un momento el abogado a Vicentillo.
El primogénito de la familia
Zambada no lo pensó mucho para responder.
—Mi padre es el líder del
cartel de Sinaloa.









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