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Covid-19: la verdad de las mentiras


* El gobierno federal tomó la decisión atinada de designar un vocero oficial para informar a la sociedad, diariamente, la situación de la pandemia del coronavirus en el país. Esa responsabilidad se asignó al Doctor Hugo López-Gatell Ramírez, Subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud

El Baúl de Solís.-El Doctor Hugo López-Gatell es un epidemiólogo con buenas credenciales académicas y trayectoria en el servicio público, que durante estos meses ha demostrado conocimiento en la materia y capacidad como expositor.
Los problemas del vocero del gobierno mexicano en el tema del COVID-19, derivan del hecho de que no se ha limitado al terreno estrictamente de la salud, sino que se ha involucrado en debates de tipo político, que han minado la confianza en sus opiniones y recomendaciones técnicas.
La erosión de la credibilidad del Doctor López–Gatell Ramírez, inicia cuando convoca a la población a la sana distancia y a quedarse en casa, mientras el presidente de la república continúa sus giras de trabajo y en el mes de marzo, en plena pandemia, decía: “Hay que abrazarse, no pasa nada”; “No dejen de salir, sigan llevando a la familia a comer a restaurantes y fondas”.
El desgaste del Subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud se acentúa, cuando ante los cuestionamientos por esa contradicción responde que “La fuerza del presidente es moral y no es una fuerza de contagio”. Ahí se perdió la seriedad profesional y la confianza de amplios segmentos de la sociedad. Como lo señaló Jesús Silva-Herzog Márquez, la zalamería es incompatible con la autoridad científica.
Desde que inició la pandemia, el gobierno federal ha tratado afanosamente de minimizar su importancia, incidencia e impacto. A finales de febrero, Andrés Manuel López Obrador declaró que el coronavirus no era algo terrible ni fatal, y que no era ni siquiera equivalente a una influenza.
Puede disculparse al presidente de la república por tan inexacta aseveración, por su desconocimiento de los temas médicos. Lo preocupante es que a principios de marzo el Doctor Hugo López-Gatell afirmó que el coronavirus no era una enfermedad grave. El vocero oficial del gobierno federal señaló entonces que más del 90% de los casos son leves, con los síntomas de un “catarro”, y aseguró que el clima era un factor importante para reducir la posibilidad y eficiencia con que se transmite la infección. El experto mexicano fue corregido de inmediato por la Organización Mundial de la Salud, que aclaró que los síntomas del COVID-19 van más allá de un simple “catarro” y que no existe evidencia de que el clima influya en la peligrosidad y letalidad de la enfermedad.
En esta emergencia sanitaria, al gobierno mexicano se le ha cuestionado la resistencia a realizar pruebas masivas de diagnóstico. En Alemania se ha examinado al 3.2% de la población total, en Chile al 1.5%, en Corea del Sur al 1.3% y en México al 0.1%. Como país, nos ubicamos en los últimos lugares a nivel mundial en la aplicación de test de diagnóstico.
La explicación que ha dado la administración federal, en voz del Subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, es que no se ha demostrado que exista una correlación directa entre el número de pruebas realizadas y la contención de la enfermedad. Al respecto, la OMS ha reiterado que la forma más efectiva de romper la cadena de contagios es realizando “Pruebas, pruebas y más pruebas”.
Contar con número muy limitado de pruebas diagnósticas, impide que el gobierno y la sociedad tengan información que permita conocer con mayor certeza el panorama del coronavirus en nuestro país. Todos los días, el Doctor López-Gatell Ramírez da a conocer el número de contagios y fallecimientos. Pero es evidente que sus cifras no reflejan fielmente la realidad.
Resulta francamente inadmisible la obsesión de la administración federal de mantener baja la estadística del COVID-19, solo para proyectar la idea de que “vamos bien” (¿bien con 4 mil 220 muertos y con 707 mil empleos formales perdidos?) y que somos un ejemplo para el mundo. Es cierto que, hasta estos momentos, no hemos tenido el escenario catastrófico de otros países, y ojalá que no lleguemos a esa lamentable y triste situación. Pero todo parece indicar que en México hay un subregistro de contagios y muertos por coranavirus.
Ahora bien, las mentiras no llegan lejos y la verdad siempre sale a flote. El primero que denunció las inconsistencias de las cifras oficiales fue el gobernador de Baja California, Jaime Bonilla Valdez, quien aseveró que los datos publicados en la página oficial del gobierno federal reportan menos casos positivos que los que diariamente informa su estado.
En su respuesta, el Doctor López-Gatell Ramírez comentó que las inconsistencias se debían al hecho de que las entidades federativas no subían oportunamente los datos a la plataforma nacional. Esto fue refutado por algunos estados, como Baja California y Tamaulipas. La secretaria de salud de Tamaulipas señaló incluso que la plataforma nacional no permite incorporar los casos positivos de laboratorios particulares, lo cual genera un subregistro.
Ante la falta de pruebas de diagnóstico suficientes para estimar los casos de COVID-19 en nuestro país, la administración federal ha recurrido al método de vigilancia epidemiológica “centinela”. Al justificar esta opción, el Subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud afirmó que con dicha metodología se obtienen datos más precisos y en menor plazo que llevar a cabo millones de pruebas.
El método “centinela” posee indudables virtudes y ha sido avalado por la OMS. Sin embargo, este método de vigilancia epidemiológica no fue diseñado para instrumentarse en pandemias como la que ahora enfrentamos. La aplicación del método “centinela” ha sido criticado por académicos y ex - secretarios de salud como José Ángel Cordova, Julio Frenk y José Narro, que han explicado que el método no es adecuado para un virus nuevo y que el multiplicador utilizado, de 8.3, es demasiado conservador. Frenk, que es una autoridad mundial en materia de salud pública, ha dicho que el multiplicador debería ser 50.
Si el número de pruebas y de casos confirmados es limitado, y no reflejan adecuadamente la realidad del coronavirus en México, entonces la curva de contagios con la cual se modela el comportamiento y trayectoria de la pandemia es imprecisa. Y como evidencia de que hemos caminado a ciegas, basta recordar que el vocero del gobierno federal comentó inicialmente que el pico de la pandemia se registraría en el mes de junio. Después dijo que ello ocurriría entre el 6 y 10 de mayo. Pero como los casos siguen aumentando, ha recorrido la proyección hasta el 20 de mayo. Por su parte, el instituto para la Métrica y Evaluación de la Salud de la Universidad de Washington estima que el pico de la pandemia en México podría extenderse hasta el 6 o 7 de junio, al menos en los estados con mayor número de contagios y muertes por COVID-19.
Como parte de su empeño en minimizar el problema, a finales de abril Andrés Manuel López Obrador cantó la victoria, al asegurar que México había domado al coronavirus, y a principios de mayor declaró que “ya se ve la luz al final del túnel”. A tono con esa narrativa triunfalista, el Doctor López-Gatell Ramírez informó que “Ya aplanamos la curva epidémica”. Esto no es verdad. Los casos confirmados de COVID-19 continúan incrementándose, y a ello hay que sumarle los miles de asintomáticos que andan por las calles propagando la infección y los cientos de fallecidos a los que no se les hizo la prueba diagnóstica.
En estos meses de pandemia, un tema controvertido ha sido el de las “neumonías atípicas”. El Subsecretario de Prevención y Promoción de Salud señaló que “Toda neumonía atípica es COVID-19, a menos que se demuestre lo contrario”. El problema es que muchas personas están muriendo de “neumonías atípicas” o de otras enfermedades respiratorias agudas, sin que se les apliquen la prueba del coronavirus. Por lo tanto, no hay la posibilidad de considerarlos eventualmente como casos confirmados.
Por todas estas dudas e inconsistencias, el periodista Javier Alatorre pidió “Ya no hacerle caso a Hugo López-Gatell”. El comunicador fue objeto de una feroz campaña de descalificación y linchamiento por los talibanes de la Cuarta Transformación. El propio López Obrador comentó públicamente que “Se equivocó mi amigo Javier Alatorre”.
La semana pasada, prestigiados diarios de Estados Unidos (New York Times y The Wall Street Journal) y de España (El País), publicaron sendas notas informativas donde presentan elementos que hacen presumir que el gobierno mexicano no está diciendo toda la verdad respecto a las cifras del COVID-19, y que el número de contagios y muertos es mayor al que consigna la estadística oficial.
De nueva cuenta, la respuesta del gobierno federal y su sequito de aplaudidores fue la descalificación del trabajo periodístico y la invocación de una teoría según la cual perversos actores externos e internos se unen para conspirar contra los intereses nacionales y buscar desbarrancar a la 4T.
Nosotros consideramos, que la información que diariamente está presentando la administración federal a través de su vocero Hugo López-Gatell no es falsa, pero sí es incompleta e insuficiente, y por ello refleja solo parcialmente la realidad. Diríamos que la versión oficial sobre la pandemia del coronavirus en México es una verdad a medias, que es engañosa y más temprano que tarde puede ser que se descubra que ha sido una mentira. Dejemos que el tiempo actúe y emita su veredicto.

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