El
Baúl de Solís.-La Constitución de 1917 prefiguró un ejecutivo
federal notablemente fuerte. Nuestra carta magna dotó al presidente de la
república de amplios poderes, al investirlo como la primera autoridad laboral y
agraria del país; el rector indiscutible de las políticas sanitaria y
educativa; y el jefe supremo de las fuerzas armadas.
En
un estudio clásico del presidencialismo mexicano, Jorge Carpizo hizo notar que
el poder del ejecutivo federal se fortaleció extraodinariamente con el
ejercicio de un conjunto de facultades "metaconstitucionales”, derivadas
de la existencia de un sistema de partido hegemónico.
Con
la excesiva concentración del poder, la presidencia de la república se
convirtió en la pieza central y determinante de nuestro sistema político. El
ejecutivo federal, colonizó y supeditó a las diversas instituciones que la
propia Constitución había establecido para equilibrar y limitar el poder
presidencial.
El
aumento del peso del estado, debido a la creciente intervención en la economía
y al impulso de un amplio programa de reformas sociales, incrementaron la
fortaleza del ejecutivo federal. Los presidentes se
convirtieron en líderes políticos todopoderosos; en una fuente inagotable de
distribución discrecional de recursos, apoyos, prebendas, subsidios,
concesiones, candidaturas y puestos públicos.
El
ejecutivo federal acumuló tanto poder, que Daniel Cosío Villegas definió al
sistema político mexicano como una “monarquía absoluta sexenal”. Y en
efecto, algunos presidentes llegaron a la desmesura de afirmar que “la economía
se maneja desde Los Pinos”. Otros, ante la pleitesía de la clase política y la
condescendencia de la sociedad, perdieron la razón e incurrieron en la osadía
de creerse eternos e infalibles como los Dioses.
Las
bases institucionales, políticas y culturales en que se cimentó el enorme y
desmedido poder de los presidentes mexicanos, comenzaron a modificarse
gradualmente en el proceso de transición a la democracia.
El
primer resquebrajamiento llegó con las crisis económicas de los años 70s y 80s
del siglo XX, que impactaron negativamente en las finanzas públicas. Al
contar con menos recursos para distribuir, los presidentes dejaron de ser los
benefactores ilimitados de la nación.
Las
adversidades económicas, tuvieron un natural y lógico impacto político. Los
partidos de oposición comenzaron a ganar elecciones y a gobernar municipios y
estados, propiciándose una nueva distribución del poder. El presidente y su
partido, ya no se quedaron con todas las posiciones.
En
esta ruta, un cambio fundamental es el que alteró la relación tradicional de
subordinación del congreso de la unión al ejecutivo federal. En los
polémicos comicios de 1988 el PRI pierde la mayoría calificada en la cámara de
diputados, con lo cual el presidente y su partido quedan imposibilitados de
concretar, por sí solos, reformas constitucionales.
En las elecciones de 1997 el
PRI pierde la mayoría simple en la cámara de diputados, con lo cual México
entra en la era de los “gobiernos divididos”, donde el ejecutivo no cuenta con
mayoría en el congreso federal.
Además
de los cambios en el poder legislativo, la creación de organismos con autonomía
constitucional acota los poderes del presidente en ciertas materias. En
1994 se concede autonomía al Banco de México, en 1996 al Instituto Federal
Electoral (hoy INE) y en 1999 a la Comisión Nacional de Derechos Humanos.
Todas
estas transformaciones institucionales y políticas, modificaron visiblemente el
perfil y operación del ejecutivo federal. Como parte de nuestro proceso
de transición a la democracia, pasamos de una presidencia con poderes casi
absolutos, a una presidencia limitada constitucionalmente.
Este
nuevo modelo, que prevaleció en las últimas administraciones príístas y
panistas de Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto,
corre el riesgo de revertirse en el gobierno de la llamada Cuarta Transformación.
Hay
que recordar que después de estos cuatro sexenios consecutivos, que vivimos
bajo “gobiernos divididos”, en los cuales el ejecutivo federal no contó con una
mayoría legislativa, ahora hemos regresado a un gobierno “unificado”, donde el
presidente Andrés Manuel López Obrador tiene la mayoría en las dos cámaras del
congreso de la unión.
Tanto
en la cámara de diputados, como en el senado, Morena y sus aliados están
sobrerepresentados. Y en la cámara de diputados, Morena alcanzó la
mayoría absoluta después de burdas maniobras, como la incorporación de
legisladores que renunciaron a otras bancadas.
Pero
como haya sido, el hecho es que ejecutivo federal, por el voto de los
ciudadanos, dispone de una mayoría legislativa. En virtud del estilo de
liderazgo del presidente López Obrador, y de la orientación de su gobierno, el
regreso a un gobierno “unificado” puede representar un riesgo para nuestra
democracia.
Vale
la pena recuperar las ideas de María Amparo Casar, que ha sido una aguda
estudiosa de estos temas, y que ha dejado en claro que el gobierno “unificado”
e indiviso es lo que definió la esencia del hiperpresidencialismo mexicano en
el régimen autoritario, ya que permitió que el ejecutivo federal colonizara al
congreso y lo sometiera a su servicio.
Todo
parece indicar, que ese es el proyecto de la 4T: restaurar el presidencialismo
autoritario y el sistema de partido hegemónico. Andrés López Obrador,
ha convertido al poder legislativo en una oficina de trámites de la
presidencia. Estamos viendo, de nuevo, la abyección y servilismo de los
diputados y senadores al ejecutivo federal, tal y como ocurría en el régimen
autoritario.
Como
lo confesó el propio López Obrador, el COVID-19 le ha caído como “anillo al
dedo” a su proyecto de la Cuarta Transformación, donde se advierte el propósito
de fortalecer el poder de la presidencia, en detrimento del legislativo. Y una
prueba clara de ello es la propuesta que, en plena pandemia del coronavirus, ha
presentado para reformar la Ley de Presupuesto y Responsabilidad Hacendaria.
La
iniciativa del ejecutivo federal, plantea otorgar la facultad al presidente de
la república para reorientar el presupuesto en situaciones de emergencia
económica, sin consultar al congreso. Se trata de que,
unilateralmente, Andrés Manuel López Obrador pueda recortar recursos a todas
las entidades y dependencias públicas, y concentrarlos en la Secretaría de
Hacienda para desde ahí aplicarlos en sectores y proyectos “prioritarios”.
Esta
propuesta del ejecutivo federal, acusa problemas de técnica legislativa. Por
ejemplo, no define lo que es una emergencia, ni los criterios precisos para
decretarla. Pero más allá de la forma, lo preocupante de la iniciativa de López
Obrador es que tiene un evidente sesgo autoritario y contraviene la Constitución,
ya que vulnera el principio de la división de poderes.
Con
esta propuesta, lo que se busca es que en situaciones de emergencia como la que
ahora vivimos con motivo de la pandemia del COVID-19, el presidente maneje con
total discrecionalidad los recursos públicos, lo que significaría un grave
retroceso en materia de transparencia y rendición de cuentas.
Afortunadamente
la iniciativa de Andrés López Obrador no logró avanzar en su primer intento,
debido a que la oposición bloqueó la realización de un período extraordinario
de sesiones, donde Morena y sus aliados pretendían aprobar esta propuesta.
Pero
Morena ya anunció que una vez que pase la pandemia del coronavirus, insistirá
en la reforma a la ley Federal de Presupuesto y Responsabilidad Hacendaria. La
razón de ello, es que ya están viendo la brusca caída en los ingresos y les
urge asegurar, de cualquier forma, los recursos para sus proyectos
“estratégicos”: los programas sociales clientelares, el aeropuerto de Santa
Lucía, el tren maya, PEMEX y las refinerías.
El
reto para la oposición y la sociedad civil, es impedir que avance esta
iniciativa antidemocrática y anticonstitucional, que pretende otorgar poderes
extraordinarios y unipersonales al ejecutivo federal y anular, en los hechos,
las facultades de la cámara de diputados en materia de aprobación y control
presupuestal. De consumarse la propuesta de López Obrador, seguiríamos
caminando directo a la restauración del presidencialismo autoritario.

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